Ha pasado más de un año desde la última vez que estuve por aquí y claro en ese tiempo han pasado muchísimas cosas, entre ellas que ya no estoy trabajando en un medio de comunicación y que estoy tomando un curso de literatura.
Aquí me ponen a escribir, de momento entre mis tareas está escribir cuentos con temas que me están dando.
Este es el primero que escribí y está basado en el cuento de "La Caperucita Roja". Espero que les guste.
La chica del gorro
rojo
Dentro de las profundidades de un pueblito mágico de México vive Lupita, una joven que siempre se ha caracterizado por ser una hija ejemplar, muy a pesar de quienes la criaron no son quienes la engendraron. Uno de los detalles que la caracterizan es que siempre se pone un gorro rojo de dos bolas a los lados de las orejas, las cuales le dan calor en el tiempo de frío.
Este gorro es especial no solo por su curioso diseño, sino
porque sus mamás se lo compraron en el mercado la única vez que les acompañó a
la ciudad, cuando tenía 8 años. Desde entonces se convirtió en su favorito y lo
usa en cada oportunidad que tiene.
Pese a que Lupita no siempre tiene ganas de ser una niña
buena, tampoco puede ser indiferente a las necesidades que apremian en su
familia, como lo es ayudarle a sus madres quienes no pudieron casarse en su
juventud, a pesar de ser las mujeres más bellas del pueblo, aún siendo ya
mayores.
Se rumoró que Doña Juana era pretendida por un rico hacendado
que al final se casó con Carlota, una mujer con los que sus padres hicieron
negocios. Mientras que se dice que Doña Mary rechazó a cada hombre que se le
acercaba debido a que siempre estuvo enamorada de Don Isidro, que se fue “al
otro lado” prometiendo regresar por ella, pero no volvió.
En realidad, las mamás de Lupita nunca quisieron decir quien
de las dos la trajo al mundo porque ambas la ven como su hija, ese secreto se
lo llevarán hasta la tumba. A la jovencita tampoco le interesa saber quien la
engendró pues las ama del mismo modo y las ve como lo que son, sus mamás.
Ambas mujeres además de ser elogiadas por su belleza, lo
eran por su talento en el arte de hacer pan, el cual llevaban a vender a otros
pueblos e incluso algunos iban a buscarlo a la panadería que habían montado en
su casa, donde desde muy temprano se encendían los hornos de dónde salía un
delicioso aroma a pan recién hecho.
Lupita, cada semana visitaba algunos pueblos cercanos para
llevar el famoso pan de sus mamás, así les llamaba desde que aprendió a hablar.
Pero estas no la dejaban ir sola a la Ciudad, es por eso que solo había ido
solo una vez en sus casi 20 años.
En esta ocasión Doña Mary le había pedido fuera a la fondita
de Don Pedro, hermano mayor de sus mamás quien desde que agregó el pan de sus
hermanas al menú, había aumentado considerablemente su clientela y había
mandado a otros cuantos al pueblo para que lo llevaran directo.
Era tanto el éxito de su pan, que a veces volvían por una
segunda tanda, sobre todos los días de lluvia cuando desde temprano los
clientes terminaban con toda la producción Les iba muy bien, no podían
quejarse.
Las mamás de Lupita estaban preocupadas porque José, el
chico que les ayudaba a repartir no había ido por el pedido de en la mañana y
eso no era común, pues eran muy puntuales en recogerlo.
- “Me tiene preocupada que Pepito no ha venido por el pan,
no les haya pasado algo” comentó angustiada Doña Mary.
- “No creo mamá Mary, seguramente José se distrajo
coqueteando con Xóchitl, ya sabe como es” dijo Lupita despreocupada mientras
acomodaba pan en una canasta pequeña.
- “De todos modos quiero que vayas, pero por favor con mucho
cuidado” dijo Doña Juanita.
- “Si mamá Juanita, veré que ese sin vergüenza no se haya
ido como siempre de fiesta” dijo Lupita con un poco de fastidio.
Diez minutos después, se puso su abrigo y su apreciado gorro
de color rojo con dos bolas a los lados, ya que ese mañana había amanecido
especialmente fresco, tomó la canasta de pan y se encaminó hacia la parada de
autobuses que quedaba a 5 kilómetros de su casa, no sin antes recibir la
bendición de sus madres.
Mientras caminaba se decía a si misma que seguramente José
estaría de juerga con “La Xóchitl” a quien conocía porque habían ido juntas a
la escuela y andaba detrás de él desde que se había enterado que a ella le
gustaba. “¿Es que acaso quiere que me pase lo que a mis madres? ¡Total, para lo
que me importa!”, pensaba Lupita mientras pateaba esa lata que se atravesó en
su camino.
En el trayecto hacia la parada de autobuses, mil cosas
pasaban por su cabeza, sobre todo le molestaba el hecho de tener que ir a
averiguar por sí misma el por qué no habían llegado por el pedido.
Al llegar no tuvo que esperar demasiado porque el camión que
la llevaría al pueblo vecino se estaba estacionando. “¡Que suerte!” Pensó
Lupita mientras se sentaba y esperaba que se movieran los demás pasajeros.
De su pueblo al vecino, eran aproximadamente una hora de
camino por lo que ella aprovecharía ese tiempo para imaginar cómo sería su vida
si un día dejara de ser la niña buena que sus mamás hicieron de ella, pues a
sus casi 20 años quisiera tener un poco más de diversión como sus amigas a las
que cada fin de semana se iban del pueblo a visitar la ciudad.
El otro día había escuchado a Catalina decir que había
llegado el circo y ella soñaba con visitarlo porque sus mamas por estar siempre
metidas en la panadería no tenían tiempo de llevarla cuando era pequeña y ahora
que ella ya era mayor, no podía por ayudarles en casa porque los años no
pasaban en vano y ellas cada vez se hacían más viejitas.
Se imaginaba todas esas cosas que se estaba perdiendo por
estar ahí, en el pueblo. “Un día tomaré un autobús y me iré a la ciudad yo
sola”. “¿Y si me pierdo?” “¿Y si no sé cómo regresar?” Mientras esos
pensamientos pasaban por su cabeza, escuchó una voz grave que le dijo: -“Que
bien huele, ¿que llevas en la canasta?”
Estaba tan inmersa en sus pensamientos que se sorprendió
porque no se había dado cuenta de que alguien se había sentado a su lado.
- “Perdón. No me di cuenta de que estaba aquí. Llevo pan,
recién horneado”. - Comentó un poco avergonzada.
- Ah, huele delicioso y con él hambre que tengo podría comer
algunos.
Lupita se sonrojó y no respondió nada. El joven continuó la
charla: - “Tu gorro es muy curioso”, dijo para llamar su atención.
La chica, aún más avergonzada no sabía que decir a ese
comentario y permaneció callada.
- ¿Para dónde vas? Si se puede saber- continuó el muchacho
con el fin de obtener algo más que sonrojos de la chica.
- Al pueblo de al lado, a la fondita de Don Pedro- respondió
Lupita en tono bajo y nervioso.
- ¡Ah, que hay una fondita por fin en el siguiente pueblo!
Me parece que me bajaré ahí para almorzar, porque en serio muero de hambre. -
Dijo el joven un poco emocionado.
En el trayecto, el joven le comentó que había ido de visita
a ver a sus tíos quienes vivían a dos pueblos de donde vivía Lupita y que le
gustaba conocer estos lugares en vacaciones. Que años anteriores ya había
acudido con sus padres pero que ahora quería tener una aventura él solo.
Fue entonces que Lupita, mientras le escuchaba le prestó un
poco de atención, era de piel blanca y cabello oscuro, pero lo que le llamaron
la atención fueron sus ojos, parecían de un gris extraño, se le asemejaban a
las de un lobo y sintió curiosidad por conocer un poco más de él.
Sin darse cuenta por estar concentrada en la historia del
chico, al cual no había visto antes y seguramente no era de por ahí cerca, el
chofer anunció su llegada.
Apresurada se bajó del autobús sin darse cuenta que ese
chico, el cual era alto, la seguía, hasta que la llamó.
- Pero no me has dicho tu nombre – comentó como si nada.
- Oh, me llamo Guadalupe, pero todos me dicen Lupita – dijo
la joven continuando con su camino.
- Yo soy Enrique, no preguntaste, pero es lo justo – hizo
una pausa siguiendo los pasos de la chica y continuó - ¿Entonces por aquí hay
un lugar en donde yo pueda comer? –
- Si, la fondita de Don Pedro – dijo mientras continuaban su
camino a paso normal, poco se acordaba de las ganas que tenía de encontrar a
José para reñirle por irse de fiesta con la Xóchitl-
Continuaron caminando mientras Enrique le contaba que se
dirigía a la ciudad, porque sus tíos le habían dicho que el circo había llegado
y que era un espectáculo que le daba mucha curiosidad, pues según tenían
personajes muy curiosos, que solo conocía por habladas de otros amigos suyos.
Fue entonces que Lupita se interesó más en el personaje que
la acompañaba, pero mientras pensaba en unirse a él para visitar la ciudad,
llegó a la calle donde estaba la fondita de su tío Pedro, la cual se encontraba
cerrada.
Preocupada, apuró el paso para llegar y preguntar qué había
pasado. Enrique no tuvo más remedio que seguirla.
Al llegar, Doña Chonita, la señora que le ayudaba en el
restaurante le comentó que Don Pedro se había puesto mal en la madrugada y que
se lo llevaron al hospital de la ciudad y que con las prisas no habían podido
avisarles. Lupita le pidió avisaran a sus mamás para poder ir a la ciudad a ver
como estaba su tío Pedro y quizás, solo quizás poder ir al circo junto a
Enrique, quien no le había hecho ninguna invitación, pero ella no lo
necesitaba, se invitaría sola.
Enrique seguía con hambre por lo que al ver que no podría
almorzar en un lugar decente y que Lupita iba a la ciudad con la canasta
completa de pan, decidió que comería bien en el trayecto a la ciudad.
Nerviosa y decidida, Lupita se encaminó a la parada de
autobuses a esperar el siguiente, mientras escuchaba la platica de su compañero
de viaje, el cual le resultaba cada vez más interesante.
Durante el camino no perdió oportunidad de preguntar todo lo
que pudo a su nuevo amigo, quien con mucho gustó sació su interés, haciendo que
Lupita se sintiera cada vez más intrigada de lo que vería en la ciudad, pues
según sus vecinas había crecido mucho en los últimos años.
Faltaba poco para que se hiciera de noche cuando por fin
llegaron, cansados, pero sin hambre debido al pan que comieron durante el
camino.
A partir de que bajó del autobús, toda la experiencia fue
nueva desde el ajetreo del lugar, hasta conseguir un taxi que la llevó hasta el
hospital. Como niño con juguete nuevo, Lupita no podía dejar de maravillarse
con cada cosa que veía por la ventana, lo cual la emocionaba.
Por supuesto la ciudad era muy distinta de como ella lo
recordaba, no es que recordara mucho, pero había algunos edificios que no había
visto, algunas plazas y árboles más lindos. Enrique, quien había prometido ser
su guía le hablaba un poco de lo que veían en ese momento, como todo un guía de
turistas.
Al llegar al hospital, Lupita se interesó por su tío que era
lo primero en el itinerario. El médico le informó que no era nada alarmante
pues solo se le había subido el azúcar, pero que lo dejarían toda la noche en
observación.
Más tranquila salió del nosocomio dispuesta a vivir lo que
sería la mejor aventura de su vida ya que en ese momento lo que menos le
importaba era si sus mamás la regañarían al día siguiente.
Seguía viendo la ciudad como un niño que descubre el regalo
que Santa dejó la noche anterior en el árbol de Navidad. Como estaba
oscureciendo las luces se encendían dando otra perspectiva del lugar, uno que a
ella le encantó
Al final el circo no era tan espectacular como ella había
pensado, los payasos del cartel que estaba afuera no se parecían en nada a los
que había visto en el escenario, pues el maquillaje no se veía tan bonito y
aunque se rió con sus chistes, no era algo memorable. Lo que si la impresionó
fue la pareja que cruzaba de un columpio a otro en lo más alto de la carpa.
Salió del lugar con una sensación de decepción, pues
esperaba mucho más, fue entonces que Enrique le habló de otros lugares en donde
presentaban otro tipo de espectáculos en donde los niños no podían entrar ya
que era solo para personas adultas.
- “Yo soy adulta”- dijo Lupita envalentonada.
- “Demuestralo”- agregó Enrique, con un tono más desafiante.
Sin saber de qué se trataba Lupita siguió a su nuevo amigo
hacia donde él la estaba guiando. Era como una cantina, pero no como la que
había en su pueblo, era más elegante. O eso pensó, no porque hubiera entrado
alguna vez, sino por lo que había escuchado decir a José, quien se pasaba ahí
los fines de semana.
Aquí el ambiente se veía diferente porque de entrada las
mujeres podían pasar y eran recibidos por una pareja que estaba vestida, por
así decirlo, con ropa muy pequeña. En el interior había meseras que ya ni se
molestaban por usar la parte de arriba del vestuario.
Lupita, lejos de asustarse quedó más intrigada, ¿qué era
este lugar?. Enrique le explicaba que era un bar, pero un bar en donde además
de beber alcohol, las personas podían hacer cosas de adultos y que además había
un show de hombres disfrazados de mujeres.
El sabor agridulce de la margarita le llenó la boca por
primera vez, dejando en ella una sensación de libertad que nunca había tenido
antes y deseo seguir bebiendo más hasta olvidar que mañana todo volvería a ser
como antes. Solo tenía esta noche e iba a disfrutarla.
- ¡Damas y caballeros, bienvenidos sean a “La Casa de Madame
Chantel”! – se escuchó una voz desde el escenario, una voz que no parecía de
una mujer pese a que lucía como una ¿Era un hombre? ¡Quien sabe! No escuchó lo
siguiente de su mensaje pues estaba embelesada viendo su maravilloso vestido de
color rojo intenso lleno de lentejuelas, plumas y brillos por todos lados. Su
maquillaje no era nada discreto, en realidad, nada en ella lo era.
Mareada gracias a las tres margaritas que tenía encima, ¿o
eran cinco? ¿Quién lleva la cuenta? No escuchó todas las palabras que salían de
ese exuberante personaje quien presentaba el espectáculo de la noche.
- ¿Lo estás pasando bien? – preguntó Enrique, ella solo
asintió en respuesta, lo cual hizo que se mareaba un poco más. Realmente esto
era mejor de lo que jamás hubiera imaginado.
En el escenario apareció un grupo de “mujeres” luciendo
vestuarios igual de llamativos que el primero en aparecer, solo que estos
bailaban y cantaban una canción que ella no reconocía, pero que era muy
animada.
El tiempo fue pasando al igual que las bebidas en su boca,
del cual ya no recordaba el sabor. Tampoco recordaba como había llegado a ese
cuarto en donde estaba, solo sabía que sentía la boca seca y un dolor que
pulsaba fuertemente en su cabeza. No, no estaba sola, pues Enrique estaba al
lado suyo.
Se levantó, bañó y vistió para dirigirse al hospital y así
poder regresar a casa acompañando a su tío, a quien le dijo había estado un
rato en el hospital y después había pasado la noche en el hotel que quedaba
cerca del nosocomio.
Esa noche quedaría en su memoria por siempre, por lo menos
las partes lucidas. Sin duda recordaría la noche en la que sintió por primera
vez en sus casi 20 años, lo que era la libertad.

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